|
Estructurar un plan de sucesión es el mejor negocio
que cualquier empresario puede hacer, pero, lamentablemente,
las urgencias del día a día impiden que muchos
se concentren en lo importante, que es el destino de la Compañía
en el mediano y largo plazo.
Porque, debemos saberlo, un plan de sucesión no es
para implementarlo en forma inmediata, de un día para
otro, en caso de que el empresario titular fallezca en un
accidente o decida abruptamente que no quiere seguir trabajando.
En todo caso, ese plan de aplicación inmediata es
un Plan de Contingencias, que incluye, no sólo el traspaso
del poder (y, eventualmente, la titularidad de la empresa)
sino también las estrategias frente a riesgos externos
(como una devaluación, una recesión, el aumento
de las tasas de interés, etc.) o riesgos internos (tales
como una huelga del personal, el incendio de las instalaciones,
etcétera).
Es imprescindible diferenciar el plan de contingencias del
plan de sucesión, dado que el primero apunta a hechos
que pueden ser imprevisibles (y el gran desafío es
prepararse para la mejor respuesta) en tanto que, por definición,
un plan de sucesión está basado en circunstancias
previsibles, y, justamente, dotan a la compañía
de un sentido de estabilidad y permanencia.
Que los integrantes de la empresa sepan que las cosas importantes
no están libradas al azar implica brindarles seguridad,
darles la oportunidad de planificar su propio futuro en una
organización que está preparándose para
ser sólida en el largo plazo.
Que el éxito de la empresa no dependa de una sola
persona, o de los integrantes de la actual generación,
es uno de los requisitos fundamentales para el éxito
y la continuidad.
Para poder hacer el plan de sucesión es necesario,
antes que nada, identificar un tiempo en el cual es posible
pensar en la empresa a largo plazo, sin estar agobiado por
las decisiones del día a día. Por lo tanto,
hay que destinar una cantidad de horas al mes, para que el
proceso pueda llevarse adelante de la mejor manera.
El paso siguiente es hacer el esfuerzo de pensar la empresa
en cinco, diez años. Imaginarse a uno mismo con la
edad y las circunstancias personales que va a tener en cada
uno de esos momentos. Imaginar a cada una de las personas
del entorno.
Luego, es conveniente hacerse algunas preguntas:
¿Qué cosas van a cambiar necesariamente en
los próximos diez años?
¿Qué cosas pueden llegar a cambiar, o quizás
se mantienen igual?
¿Qué cosas me interesaría especialmente
que cambien?
¿Qué cosas quisiera que no cambien?
¿Hay alguna persona importante en la empresa, cuyo
ciclo es inferior a diez años a contar desde hoy?
¿Cómo será reemplazada?
¿Hay algún proceso comercial o industrial que,
necesariamente, no va a estar vigente dentro de los próximos
diez años?
Si escribimos las respuestas, ello nos va a servir como guía
para el pensamiento ulterior. En particular, si hemos detectado
algo que nos disgusta, para que nuestra memoria no nos traicione,
y el inconveniente o la debilidad que hemos observado, pueda
ser materia de reflexión.
En algún momento del proceso es conveniente convocar
a un asesor externo, dado que la mirada de quien no comparte
el día a día de la organización es fundamental,
para poder objetivar el proceso, y tomar las mejores decisiones.
|